martes, 22 de diciembre de 2009

Un poema algo viejo y muy triste...





Un tren descarrilado,
Anfetaminas para estar mejor,
Mil doscientos motivos para morirse
Y en el medio tú.
Un viejo sueño unánime,
Una puerta siempre abierta a la ilusión.
Y te quise eterna,
Te quise ahí,
Te quise triste,
Te quise de todos los modos conocidos.
 Por tanto buscarte
Perdí los motivos,
De tanto conseguirte en sueños
Dejé de desearte durante la vigilia
Y por entonces sólo se me ocurrió
Llorarte despierto.
 Letanía sutil,
Ambición ambigua,
Juego inequívoco de palabras,
Dulce melodía en mis oídos,
Llaga abierta en mi carne,
Cien maneras de pronunciarte,
Una sola de llamarte: despiértame!
 Con esta cruz
A mi calvario voy
Y como antesala del final,
Tus ojos filosos
Que me extrañan cada día más
Con tanta lucidez
Y con tanta frialdad.
Dime sino puedes,
Por un instante tan sólo,
Depositarlos en mí?
Dime por qué no puedes abrazarme?
Sino tienes brazos
Yo te presto los míos.
Y sino tienes alas
Échate a volar sobre mi espalda.
Pero acércate, mujer,
No temas hablarme,
Que de todos modos
Yo siempre te espero
Del otro lado de la luna.
Anúnciate frente a mí,
Hazte carne,
Sé mía por un llano momento,
No me dejes caer sin antes
Sentir tu piel moribunda.
Pero será que tú estás helada
Y yo tan cansado de fingir mi vida.
 Me marcho, pequeña,
Para siempre jamás.
Me harté de suplicarte
Hasta dormido que seas tú
Y te veré, te veré esta vez:
Que llegué al motivo
Mil doscientos uno
Y no dejo de pensarte.


(está narrado desde el punto de vista masculina de la acción). 









domingo, 20 de diciembre de 2009

lunes, 14 de diciembre de 2009

Las luchas...







Las luchas no fueron en vano,
todas las promesas no fueron rotas,
hemos sido cómplices
de una aventura desalmada,
corriendo riesgos inútiles
de salvajes premoniciones.
Pero recordaré
sólo lo que el camino me ha dejado
el resto es remembranza perdida.
 Nos hemos debatido a duelo
con la locura y la miseria,
la soledad y su triste consuelo
nos abrió puertas simples
por donde se entraba
al peor de los infiernos
y a él fuimos
bajo un sometimiento implacable,
palabras y deseos
que temen morir
pero que de ninguna manera
se pueden compartir.
 El todo por el todo
apostamos aquella vez
dejando a nuestras almas
en una esquina triste,
el desquicio que hicimos,
las llagas con las que cargamos,
todo preso del cemento
inmune ya, al paso del tiempo.
 No hubo dioses ni adioses
sólo un transitar la senda
sosteniendo en una mano herida
al corazón.
Plantar bandera blanca
ya no nos servirá,
lo hecho hecho está
y el camino andado
no se bifurca jamás.
 No me detendré hoy
a contar derrotas y aciertos,
nos regalamos un tiempo condenado
y sellamos el fin
aun antes de terminar.
Y como un premio sin mérito
llegó lo tan ansiado,
pero no voltees
que detrás viene todo el pasado.
Este simulacro de animal vicioso
no nos dejó más recompensa
que un millar de sueños rotos,
una sonrisa en los labios
y una lágrima en el cuerpo.
Y ahora que cambie el mundo,
que se vire por siempre, su recorrido,
que perpetúe el dolor
por siglos y siglos,
pero yo aun así,
confieso que he vivido.
Y en un gorrión roto alzo mi último grito,
una palabra dulce
a la vez que sufriente
que estalla firme
y se desparrama echando cimiente
confesando y diciendo
eso último que hoy callo.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Ven conmigo...






Deja lo nefasto de tu corazón
A un lado,
Deja de mendigar compasión
Y ven conmigo
A perder la razón.
No me niegues
Lo que la turba predica,
No me calles
Si a ti me refiero.
De mí tomaste
Aquella vez
La rauda redención
En aras de un sueño mejor.
Me formaste a tu antojo
No dijiste ¡que injusticia!
A qué venir ahora
A mancillar mi nombre
Con el tributo
Que a tus dioses pagué.
No me mezquines
La savia original,
Ve que me estoy haciendo
Tal como la roca erosiona.
Soy la canción no cantada,
La convicción sin devotos,
Soy la queja de Epícteto,
Lo nunca dicho.
 Toma mis férreas manos,
-tú, su valor no pagaste-,
pero acércate de a poco
a nuestros lugares
y enajénate ante tu obra,
soy el riel
del tren de que descarrila.



sábado, 21 de noviembre de 2009

Hacernos daño.


Me miras y te miro
descubrimos un mundo nuevo a cada mirada,
somos placer andante, somos oscuridad
que alguna vez se convirtió.
 No tenemos motivos para amarnos,
sin embargo nos amamos.
No tenemos motivos para odiarnos,
sin embargo nos odiamos.
Y divisamos un nuevo ocaso
de imágenes que giran en torno a nosotros.
 ¿Quiénes somos en este vano azul?
 ¿Qué pretendemos de este mundo en llamas?
 No tenemos nada
ni siquiera nos tenemos.
Pero cruzamos intemperies de la mano
resurgiendo a cada herida.
 Nos lastimamos por querernos,
nos asustamos de pensarnos,
no somos nadie si no nos tenemos.
 Es una pena que esté escribiendo
estas breves líneas en tu ausencia.







Dibujo de Samuel Thal.


















miércoles, 11 de noviembre de 2009

Hombre. (Homenaje a uno muy grande)


El Hombre que me enamoró.
Profundo en su pensar, nacido bajo el signo de cáncer, alto, buen amante, indiferente a lo mundano, enamorado (¿insensiblemente?) de una hermosa uruguaya.
Hombre en todas sus letras, poseedor de amantes (que lo amaron), perdido por el mundo, buscando acaso el cielo que todos buscamos.
Hombre en todas sus variantes,  amante de los cafés, de los libros, de la metafísica, de los puentes y las rayuelas.
Hombre con olor a tabaco y caña, de manos grandes, camisa sudada. Indiferente a lo que le rodeaba, en su mundo vivía mejor. Hombre como pocos. Tan parecido a mí en tantas cosas…
Hombre honesto hasta la médula, pero temeroso… Hombre con H, con comas y puntos. Deseoso, deseado…
Debió ser poeta… pero terminó entre tortas fritas y mates amargos. Debió volverla a ver, pero terminó en su pago lejos de ella. Extranjero a donde fuera… ese es el hombre que amé.
Pero estoy segura que en algún café lo encontraré, la cara inmersa en un libro, un cigarrillo en la mano, ningún gesto, sabré que es Él.  Lo encontraré en mi propio camino al cielo.
Mientras tanto 1-3-4-5-7, etc.









lunes, 9 de noviembre de 2009

Sin título.


  Te quiero
Como se quiere a ciertas cosas:
Ambigua, silenciosa y susceptiblemente.
De una manera táctil
Y abrumadoramente sutil.
Y mi querer es como un gorrión en pleno vuelo,
Es loco y salvaje,
Sin llamarte la atención., imperceptible;
Que crece de los momentos, floral;
Sin llegar a ser jamás, no nacido
Y abiertamente inexistente.
Pero bravo como el mar,
Incierto como una mínima partícula de polvo.
Y este querer,
Querer y poseer, pero sin tomar,
Mezcla de confusión y algarabías.
Es una orgía estrecha,
Donde se funden músculos sin nombre,
Arterias llenas de vigor
Y anatemas que rugen
En cuyas entrañas anónimas
Alguna vez me perdí.
 Este querer sin fervor,
Pero constantemente a través de los días,
Este querer que se pierde en gallardía
Y en buenos modales que alguna vez olvidé.
Patrón enceguecedor
De muchas pasiones
Pero sin calor
Pero con nostalgias de algún ayer
Que se hizo invierno de repente en mi piel.
 Este querer mío
Que enjaula tristes ansias
Que se consumieron en otro tiempo
En la vigilia de lo que nunca llegó.
Es un sin razón,
Un esporádico juego de tinieblas
En el que dar y recibir
Se pierde para siempre
En tantos milagros deshechos.
 Este querer
Que me lo infundí en le cuerpo
Sin que llegara jamás
A atravesar mi pecho,
Para que no pudiera lastimar al corazón,
Corazón cerrado y espinoso ya.
 Este querer en el que sueño
Porque, quizá,
Logre hacer pie
Y llegue a quererlo
Como querer que es
Y no como oprobio
Que malgasta mis días
Y me aja las horas.
 Y así te quiero,
Llenándome de luz y de vigor,
Pero resplandeciendo
En el abismo mismo
De lo que no puedo tolerar.
 Y así te quiero:
Meditando las soluciones,
Escrudiñando  las salidas
Para no llegar tarde
A encontrarme con aquello que perdí
Pero que aún lo sueño en cada sueño de amor.

















sábado, 7 de noviembre de 2009

¿Quién soy?

Pregunta retórica. Imposible definirme. Estoy llena de contradicciones que no sé resolver. Soy dos en una. Soy la que deambula por la noche como su segundo hogar, vaciando en litros de alcohol lo que poseo dentro. Sí,  la noche es mi ambiente por elección, me siento capaz de todo, sin control ni mesura, allí es donde nadie censura mis actos y dichos.. Soy la peor de todas, y ya muchos lo dirán.
Pero por otro lado, soy la que se emociona leyendo a Benedetti, Cortázar o Bécquer. La que lee a viva voz a Almafuerte. La que discute sobre Hesse, Nietzsche, Camus o Marx. Soy la intelectual, la sensible, la que escribe palabras tristes para vaciar lo que suelen llamar "corazón". Pero también soy, y no me olvido, la déspota, la que cree en el descontrol absoluto y en el sexo barato, la del caos eterno, la de los vicios impostergables, la lunática que jamás regresa.

Nadie ha podido comprender mis dos caras, siempre una es inaceptable u oculta por mí. Vivo dos vidas paralelas y diferentes. Jugando a ser princesa de día y cortesana de noche. Yo y mis contradicciones nuevamente. Aunando en un solo cuerpo el agua y el aceite. La lágrima y la sonrisa, la pereza y la voluntad.

Hay acaso alguien del otro lado que defina mejor esto que soy? No lo sé.
Mientras tanto vivo siendo cara y ceca: las dos caras de una misma moneda que, algún días, alguien decidió arrojar al vacío.



A veces perderse es lo de menos.

lunes, 2 de noviembre de 2009

A Madame Bovary.

Este poema lo escribí luego de leer Madame Bovary, (un libro que recomiendo mucho) al sentirme muy identificada con Ema (el personaje principal) y al sentir hacia ella una especie de compasión. Para todas las Emas, este poema...





Oh pequeña en tu castillo paupérrimo,
triste y lánguida niña,
cómo no entender
tus devaneos
de mujer triste,
pobre de tu alma
en el barro miserable
que, mediocre, intentó forjarte
un destino sin luz.
 De tu vida aburguesada
sólo supiste conquistar
la tibieza de manos templadas
y en el oro refulgente
sólo hallaste aquello
que el dinero ni la fama compra.
 A la pompa del lujo
de tu bello andar de señora
caían derrotados
machos bravos que de ti,
la lumbre, no supieron encontrar.
Ah! princesa de un cuento
mal contado,
la esperanza te abandonó
justo en el último bocado.
Y cual ave que busca
de su prisión librarse
a la eternidad marchaste
crucificada en las garras
del tedio que la vida te propinó.
 En la paz absoluta
de la fría tumba
pudiste hallar aquello
que sólo la madre tierra redentora
a tus galas pudo hacer honor.
Y que no envilezca nadie
tu sacra memoria
ni siquiera aquel bufón
que dijo amarte
mas nunca pudo preservarte.
Él no vio jamás
tus ojos enfermos,
no sospechó
de tu corazón la blasfemia,
él, tu don no pagó,
porque lo que pedías, mi valiente,
se aloja en la página
más llorada de un libro de amor.

Si pudiera yo
reinventarte las alas
y llevarte a volar
por el precipicio de la gracia
para que ambas comprendiéramos
que aquel vacío decadente
que todo lo enturbia,
sólo se aloja en los pechos
que a la gloria de la rutina
se niegan, mas ansían
con la mayor de las fiebres
el tiránico imperio
de la vergüenza desatada
que a la mujer se le niega.
 Oh Reina
de las pasiones pospuestas,
cuánto de mí hay en ti,
cuánto salvajismo para ambas declaro.
Has vivido,
mas no en vano:
todo lo que lloró por ti
al regocijo eterno te lo mando.
Y aquellos que tocaron
con sus garras tu semblante
amarte no pudieron,
porque tú llevas algo más grande,
en tus manos vive el estandarte
de una libertina,
que de la existencia pide
tan sólo una cosa:
vivir sin ser atada al yugo que la condena.
 Fría y etérea
hoy te encuentras,
fría y única
Madame de mis sueños.
Si creyera en el Omnipotente
le rogaría cada noche
que en la victoria infinita
disponga a tu alma preciosa.
Que tal vez sin el peso
del cuerpo manchado
puedas volar y llegar
a donde tu imaginción
tantas veces te ha llevado.
 Pero mira mujercita,
que una cosa sí te declaro,
aquel hombre bárbaro
para cuyo lecho estabas dispuesta,
no existe ni en los cuentos,
no vive más que un instante.
Aquel salvaje vive
en la mente de las que soñamos.
Pero de su dulzura no te prives,
delicia exquisita
puede ser cualquier boca
siempre y cuando
seas por única vez poseedora.

Oh, nútrete de las bestias,
amamanta libros
y siembra lucidez.
Pero ten por seguro
que las cadenas jamás se rompen,
aunque escapes
a su sombra siempre estarás.
Sólo queda niña, para ser feliz,
la impertinente imaginación
y la amable muerte.
Ambas el regocijo te entregan
de ambas nadie te priva.

Hoy te imagino corriendo
por verdes prados,
el sol en primavera,
tu vestido blanco,
yendo a los brazos
de tu amante más querido
amándose por primera vez
para siempre en el tiempo.

domingo, 1 de noviembre de 2009

La ciudad también habla...


Foto tomada por mí.



Colectivo línea 60. Una señora le dice a otra. Yo me quedé pensando.



"Le dije, para qué va a pedir lo que se puede ganar..."

sábado, 24 de octubre de 2009

Nada (un poema que tiene unos años ya...)






Tengo entre las mías
tus manos heladas
que luego se desesperan
y desandan por mi piel
buscando inhóspito anhelo
de un enero que para siempre se perdió
en tu espaciosa memoria,
enero tuyo al que yo no pertenezco.
Escucho tus escasas palabras,
palabras forzadas, que devienen de la nada
y emanan una imprevista confusión
de estruendo de olas y profundo abismo.
Esas mismas palabras
que nos distancian años luz.
Oigo tu entrecortado aliento,
que se desvanece en el aire,
mientras tú sudas y te exprimes
pidiendo, sin pedir, un poco más.
Tu aliento que se vuelve ensordecedor
en mis oídos y ese claro de repente
que anuncia el final de este juego.
Esa mirada tuya,
que me mira sin ver,
titubeante, dubitativa, exprofesa
de algunas mieles que perdiste por ahí.
Que me anuncia que nada de mí
le interesa para posarse al fin,
que es distante, melancólica, lánguida,
profundamente vacía y encendidamente desleal.
Percibo lo que sientes tú aquí,
y por ese sentir
se deshelaron alguna vez
los mismos glaciares que hoy construimos
alrededor nuestro,
cual una muralla infatigable
que nos separa,
que desde un otero -nosotros en un llano-
nos domina, nos hace héroes de una tragedia
en la que nadie gana
en la que todos pierden.
Pero ¿perder qué...?
Si tu hado imperioso
en realidad nada quiere,
si tus manos, llenas e incongruentes,
sólo le ponen fin a la sospecha.
No eres nada aquí
no soy más allá,
somos sólo dos almas desgraciadas
que vagando, alguna vez, se encontraron
sin tener nada que ver,
sin tener nada que decirse,
sin tener nada para darse.
Que se encontraron por el sólo hecho
de vivir en el mismo mundo
y de llegar, sin querer, a la hora señalada
en el sitio calculado.
Se acaba la sospecha,
la magnífica y astral duda:
nada soy para ti,
nada eres para mí.
Sólo confundimos nuestros cuerpos
con un hechizo mediocre y perverso
de bajas horas
en las que hacer nada y hacerlo todo
lo mismo da.


jueves, 22 de octubre de 2009

Inventario de una vida... la mía.

Este texto lo escribí hace un par de años, hace mucho que lo quiero publicar, sucede que es muy largo, pero agradezco a quien se tome el tiempo de leerlo...




“Todos necesitamos algo, pero a nadie le gusta pedirlo;
quizá en tus ojos esté mi redención.”



 La casa silenciosa, con olor a vacío, la música tronando en el mediodía, la televisión siempre en off y un sueño mejor guardado en el refrigerador; los tesoros escondidos, los secretos atrevidos, las primaveras siempre tan deseadas y un nombre resaltado en mayúscula; la plaga de lo contaminado, el libro abierto, dispuesto, los dvd’s olvidados. La comida recalentada esperando en la mesa, el vaso roto, la melodía no recitada.; las casas ajenas, el camino polvoriento, las rutas argentinas y los cerros que dominan. La estufa prendida, la desidia de los mosquitos, la pileta llena y el mar sereno; las camas de hotel, las cosas dispuestas así y de ningún otro modo, las llaves olvidadas, la lluvia cotidiana, las tardes de enero con toda su verosimilitud, los sueños acribillados en alguna parte. La ropa tendida al sol, la moneda codiciada, el trago de madrugada, las miradas que fulminan y el asfalto en verano; las manos reconocidas, aprendidas ya de memoria, las miradas furtivas y las que son bien a los ojos, las miradas que esconden rabia y las que denotan denuedo, el calvario del cansancio y la hamaca ya vacía. El olor de la noche estival, el olor dulce de la misericordia, los olores que nunca se olvidan, el perfume que siempre se lleva; las promesas de la infancia, las locas ganas de volar, la esperanza que no descansa y la lucha que es mucha. La puerta entreabierta, las esquinas del desencanto, las esquinas que aún duelen, las esquinas rotas; los retazos de la ciudad saludadores, las colillas, el cigarrillo compartido y el a medio fumar; el encendedor olvidado, las botellas vacías, el letargo del domingo al mediodía, la languidez de una tarde de verano, los versos austeros, las señales de reojo, el celular apagado y las telarañas invariablemente en su sitio; los silencios abre abismos, la ventana cerrada, el ojo en la mirilla de la cerradura, el baño de los llantos, de los vómitos, de la inmundicia, del sexo barato, de los destrozos. El agua redentora, la sal del océano, la intromisión de la arena, la cucharada de azúcar que siempre ha de faltar; el teclado petulante invitando a pecar, el decoro de la gala y la pompa, la vecina que no deja de chismosear, las cartas del recuerdo, las cenizas de los viejos cuadernos, los ecos guardados en el alma o haciendo nido en los sesos. Los experimentos del salón de clases, la graduación, la euforia de los momentos, la canción en la ducha, el vaivén del viento, las manos unidas, los abrazos santos, a tiempo, o los malignamente falsos; las ganas de complacer sólo por complacer, la solidaridad, la caridad de lo que se da. Las cobijas de la cama en invierno, las camas que no son la propia, la dislexia, los nidos en los árboles,  las aves trinando en el cielo, el gallo anunciando el albor, el albor consumado. El asiento trasero del automóvil, los truenos a la medianoche, los viernes conciliadores, las miradas apretadas; la calle inundada, los ojos anegados, las maldiciones entre dientes, los insultos gritados, las palabras pronunciadas, perdidas para siempre, las palabras cansadas, gastadas, agotadas de tanto ser dichas. El malgaste de las horas, el cambio de almanaque, los días furiosos, los días inauditos; la mesa de un bar abriendo distancias, la exclusividad de algunos nombres, el libro leído a medias, la noche abierta, las estrellas cercanas, los fuegos de artificio, las festividades, los cumpleaños. El volcán interno, las heridas, las fotos que no desdicen a la historia, los libros de historia, la humedad de los cuerpos, el encono por lo siniestro, la droga tan cercana, el vaso a medio llenar. Los silencios heridos, las tersura de la piel, el reto por lo malo, la llamada telefónica en la madrugada, la voz metálica de la operadora de la contestadora, las quemaduras. Las sábanas ásperas, lo turbio del río, lo imperioso de las súplicas, las plegarias lacónicas, el anverso de la moneda, la música a tropel, la canción que hace llorar y las miles que hacen recordar; la batalla del día a día, las batallas cuerpo a cuerpo, la locuacidad de las noches de copas, el alcohol circulando las venas, el apostrofe nunca dicho, las noches de luna llena, las noches santas, santísimas. Los regueros de lágrimas, el retrete testigo de todo; las pesadillas, el chocolate derretido, los planes abortados, los afanes derrotados. El fracaso acudiendo a la puerta, el brindis que nunca llegó a ser, los mil te quiero y un te odio gravitando en la nada; lo paupérrimo de la existencia, la melancolía, la fe ajada. Las verdades a medias, las mentiras, los muertos en vida, la cama vacía, el llanto en la almohada, el partido en la tevé. El hospital que no descansa mas así tampoco su decrepitud, las dudas, los testigos, el accidente en la calle, el colectivo hacia ninguna parte, la noche en la ruta tan benditamente silenciosa, el oleaje del mar, el colectivo vacío a medianoche, las estaciones de tren, el gato maullando, los ladridos de los perros, la gravedad aterradora. Las manos que cortan el sortilegio, la plaza vacía, las calles atestadas, el retumbe del tambor, el temblor en el labio, la supremacía de los sentimientos y todas las palabras que hacen doler. La radio apagada, la mañana mofándose de la noche que pasa, los sigilos, la añoranza arropada en alguna parte, el catre, el desahogo en las risas, la algarabía de los sábados, el sopor del lunes; la frase que no expira, los paseos porque sí, a desgano tal vez. El río cercano, la palabra escrita, el intento de entender la historia, intento maquiavélico y sin sentido, el develar los enigmas, las preguntas dolorosas, los cuentos de miedo, la ilusión en el hombre. Los viajes astrales, las lunas que me acompañaron, la orgía de mis arterias y tripas, los astros que debieron alinearse para que las cosas sean de esta manera y de ninguna otra, la vigilia por la esperanza rota, las lágrimas que llovieron durante intensas jornadas, la complejidad de cada átomo, de cada molécula. Los días fugitivos yéndose del almanaque, los segundos imperceptibles, las estrellas que me vieron amanecer, los matices del cielo en la aurora, las salidas hacia la nada,  el pulso agitado, lo belicoso de cada alma, el secreto que atesoran secretamente mis cavidades, la muralla protectora, las glorias reservadas en algún baúl itinerante, lo delgado de la cordura, el andar del orbe. Las ventajas, las migas de pan, el té presuntuoso, el abrigo prestado, el frío, la sed, los escondites, las bajas horas, la capilla cerrada, el dios sin credo colgado en la cruz, los lamentos, las cicatrices, el denuedo, el espanto del horror, el propio horror. La militancia del aburrimiento, los cien años de soledad, los bares, los taxis y un apremiante deseo de volver a algún sitio. Los diarios que tantos recuerdos guardan y revelan, la memoria porfiada, la nostalgia, los cientos de miles de números telefónicos anotados de pasada, las cartas, los mails, el monitor de la computadora salvando distancias, un objeto olvidado, los cientos de objetos olvidados, los señores de azul, la fiesta sorpresa, el hedor, el helado derretido, las caricias a hurtadillas, los besos robados, la implicancia del dinero, los rostros olvidados, la luz condensada con la salvación, las escapatorias, los decires, los eufemismos, los desaires. La amplitud de las manos, los juegos, el tobogán siempre a la espera, los roces a tientas, la oscuridad cómplice, la luna mediadora, el espasmo del éxtasis, la embriaguez, la comida al fuego, la vigencia, el cuento mal contado que acaba con final triste, la perversidad, el morbo, los intentos malogrados. El abatimiento tras cada pérdida, las redes, los carteles, los sueños divinos, el amor como un templo, el sentir sin fe, el cambio de año, los meses doblegados por el paso del mal tiempo, lo cínicamente malogrado, el mecer del viento que seca las lágrimas, el sol después de la tormenta, las risas hasta el dolor, lo que se ofrenda, los regalos materiales, la cerveza caliente, los viajes interminables, estas líneas y las mil palabras que me quedaron por decir...

 La vida en etapas, en un perdurable suceder, cada retazo de mi ser, cada mínimo indicio de mi paso por esta vida, cada recuerdo que me retrata y retrata a la que fui. Ese ser incuestionable que hoy veo pasar por la ventana, y en el medio yo con mi cruz, cruz de quien ha vivido y se arranca hasta los huesos un poco de sí para seguir viviendo, para nunca dejar de vivir, para no claudicar en esta batalla del día a día. Esta soy yo y aquí me revelo, como un libro abierto cuyas hojas no necesitan explicación, así mis entrañas... Aunque en mi cabeza por siempre jamás habitarán cosas irredimibles pese al paso del tiempo que no necesitan explicaciones, porque no las hay, porque allí se quedan, vitoreando en una única sentencia su soberanía y magnitud, sentencia que me reservo. Y al derecho que me convoco lo desdeño del juicio ajeno. Y como el libro del cual se sabe todo, no así de la voz que lo dictó ni de las manos urgentes que lo hicieron tal: aquí mis vísceras, mas no mi sangre...

Gisela.


(Si omití detalles es porque escribirlo todo me llevaría una vida, la misma que intento retratar. Sólo de vez en cuando...)

martes, 13 de octubre de 2009

Quiero no estar.





No te percatas, acaso,
De la virulencia de mis palabras,
No te ofenden, siquiera,
Mis versos?
Mira el punto aciago que lograste,
Mira el paupérrimo infortunio
En el que imperaste.
Funesta y degradante tu vida,
Deja a los felices en paz
Y vete a tu infierno,
Que en su umbral te esperaré
Con un ramo de no me olvides
Y sal para las llagas.
Sin el báculo de tu séquito
Algún día te quedarás
Y tu sangre infecta arrojará
La plaga de mis palabras.
Y éstas como oprobio
Te alimentarán.
Tu santísimo trono
En mil se romperá
Y una luz, al fin,
Se divisará,
Me hiciste suprema
De esta pesadilla taciturna.
Te devuelvo tus armas,
De tu juego declino,
No tengo más motivos
Para seguir tu trino.
Apaga el sol
Que éste ya no calienta más.








A veces, sólo a veces quisiera no estar.
A veces quisiera detener el mundo y bajarme...
A veces no entiendo a nadie.
A veces me pierdo.
Pero pierdo
y eso sí es seguro,
si TE MIRO.





martes, 6 de octubre de 2009

Se derrama trágicamente
En el ara de sus oprobios.
Se desarma, grita pidiendo más.
Se acerca al fuego mortuorio,
Lo atiza, lo envenena,
Fuego del más decadente erebo.
Triste bacante sin par ni luz,
Amanece cada día
Buscando paz a tanto dolor.
Pero lo disfruta, lo hechiza,
Lo desangra con devoción.
Así es su vida,
Descontrol vicioso sin pudor,
Es su afán por Baco,
Es su lírica, su humanidad.
Juega, se auto aclama,
Se desenvuelve de su moral,
Y corre, corre pidiendo un poco más.
Festeja sin mesura
Esporádicos bacanales,
Le gustan, le dan vida,
La hacen fuerte, importante,
Bestia y animal.
Pero en ese desprecio a Eros
Se odia por caer en la tentación;
Siete pecados capitales hay, 

Siete veces murió por ellos.
Es diablo,
Medita sus males y vicios;
Es carne,
Adora a cada humor, a cada vil espasmo;
Es mundo,
Y por mundana peca.
Gloria a sus gracias,
Ella no quiere los edenes,
No quiere el cielo ni la eternidad;
sólo quiere festejar la vida,
Recrearla a antojo
En orgías de arterias, músculo y manos anónimas,
Nada más le importa.
¿Querer juzgarla?
¿Querer importunarla?
Ya es a destiempo,
Nadie ni nada puede salvarla: 

Ya tiene manchada, viciada y estrujada la carne,
Perdida y sepultada la moral,
Sin templanza ni mesura la razón.
Ignominia de sus días
Resolverse entre lo que la mata
Y lo que le da vida.
Busca lo que perdió
-ese unánime tesoro-
En aquellos ditirambos anárquicos
Entre hordas de dedos fervorosos,
Venenos sin antídoto
Y sucios hechizos.
Lo busca sin poder hallarlo jamás.


                                                                        Gi.




 

jueves, 24 de septiembre de 2009

Soy igual a ti.



Soy igual a ti
Que podría reprocharte,
Soy del mismo lodo moldeada
Con las mismas hediondas garras
Que a ti dieron vida.
Soy igual a ti
Sólo que tú tienes el valor
Y yo tengo la moral aplastada
En las soberanas manos
De la negligencia.
Soy igual a ti
Profiriendo las mismas palabras,
Soy de tu misma materia,
Errante, despojada de un tributo
Que otros tendrán
Mas yo no lo siento.
Soy igual a ti
Y no me arrodillo
No me desamparo, no me despojo
Y no me tiembla la voz al decirlo.
¿Qué habría yo de decirte ahora?
No te disculparé las manchas
Y a mí que me perdone
La ignota ciencia
Que al hombre pecador devora.
Soy igual a ti
Y ahora lo sé,
Ahora por fin lo veo,
Me vi frente al espejo de la saciedad
Y sólo vi la sombra de alguien que huyó
Menospreciado ya de no sentir nada.
Soy igual a ti
Y no lo repudio
Y lo canto en estas líneas
Conmemorando el instante exacto
En que, salvaje, me pierdo
En mis carencias de mujer.
Soy igual a ti, ser alto y supremo,
Soy igual a ti
En la cuenta de los días
Y si hubiera un dios
Al mismo erebo nos mandaría
Apostrofados ya
Con la palabra grave
Que Ellos, los otros,
Jamás nos dijeron.
Soy igual a ti
Y ya no lo lamento
Que lo lamente el cemento
Aquel que todo lo calla
Y que en sus entrañas secas
Guarda de mis pasos
Las glorias y lo funesto.
Soy igual a ti
Y aquí me revelo,
Cual juego maquiavélico
Que rodando encontró
Su mano hacedora.
Y de lo que quede
Para mí sólo guardo las sobras.
Y ante el sacro tribunal del error
No clamaré piedad
Y no gritaré que deshonor!
Soy igual a ti
Pero tú tienes al valor
Y yo sólo tengo el dolor.

                         
                                     Gi.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Manos.







De qué sirven las miradas, los gestos o incluso los hechos cuando faltan las palabras, aquellas que se dicen abiertamente o se hacen notar tangiblemente? Me reafirman que algo hay y existe, que por el sólo hecho de pronunciar algo, esto se vuelve realidad. Mis ojos podrán captar las sonrisas o las lágrimas, podrán descifrar el pudor en una mirada, o la violencia contenida en los labios. Mis manos podrán palpar la piel erizada, lo áspero de lo que no desea ser tocado, la tersura de lo nuevo. Mi lengua podrá sentir lo amargo de aquello que no se debió probar o lo dulce y sabroso de lo que no se quiere dejar. Mi nariz podrá oler la carne cerca o la inmundicia de lo que se quiere acercar con malos fines, podrá reconocer un aroma entre miles y disfrutar a la rosa como a la tierra mojada. Mis oídos podrán escuchar pasos, risas, multitudes, la voz infinita que nunca se pierde, el son que recuerda a los años dorados, aquellos que partieron para no volver, el son que invita al cuerpo a jugar y danzar. Pero mi piel también escucha, huele, siente, oye, ve, descubre… Las palabras que no se dicen, sino que se ejecutan. Se hacen carne y a la carne suben, como una musiquita que empapa de sudor frío, como un sabor a sal, mezcla de lágrima y animal, como un aroma cálido, imposible de descifrar al primer intento. Como un juego simétrico entre los cinco sentidos, suben las palabras por la piel, es escriben con las manos, hechas arte, se dicen con el aliento, se subrayan con la memoria, se pierden con el entendimiento. Palabras que rozan lo inmune al afuera, que tocan la melodía de lo nunca antes dicho, que contienen en sus trazos y líneas el peso ancestral de la devoción. Palabras, el juego favorito de los poetas, el juego que juegan los que se atreven a ir un poco más allá de lo que, a veces, permite la cordura. Y se pierden así, en un amalgama de arterias inundadas de sangre a punto de estallar, y se juegan en esa partida todas las partidas.
Deja que el humo suba a los sauces, que los que callan se hagan a un lado, que los invisibles se queden en su sitio, que lo que entorpece se pierda en la subjetividad misma de la moral, que el invierno se detenga y la nieve ya no caiga, que sea así primavera, y que baile, desnuda, sola y en mitad de la calle, la locura extasiada. Dale de beber a la fiera que clama de sed, alimenta a la alimaña que te reclama vencedor y di en palabras, palabras tatuadas, lo que al mundo callas y a la conciencia mandas a retirar. Que la flor y la tristeza seguirán siempre en su lugar, que el mundo nada perderá. Sólo ganarás lo que te atrevas a apostar. 
                                                              
                                                                    Gi.